¿Qué le pasa a la familia, doctor?

INFORMACIÓN.ES –  José Asensi Sabater (Catedrático de Derecho Constitucional de la UA)
El dato de que un cuarenta por ciento de las familias españolas no son “tradicionales” sino que, en opinión de los censores eclesiásticos, son raritas, irregulares, monstruosas y perniciosas para sus diferentes componentes y para la sociedad, es un dato digno de tenerse en cuenta.
Pero es el caso que la revolución de las costumbres no se atiene a las admoniciones de moralistas y personas del mundo religioso, sino que se atiene a su propia ley, que tiene que ver con la necesidad, por una parte, y con la libre determinación por otra. La familia es un ámbito de vida cambiante, pese a que se quiera estable, y es sensible como siempre ha sido a los ajetreos de la economía y a los desafíos que a cada cual se le presentan en la gestión de la propia vida.
La familia romana, de donde tomó su forma la familia cristiana, ha aguantado bastantes siglos, no sin numerosas excepciones, paréntesis, prótesis y transformaciones, pero está abocada a cambios aún más drásticos. La razón de que esto suceda no está en las abstracciones que manejan los obispos, que acusan a la sociedad de relativismo y al Estado de indiferencia, sino en otras causas mucho más lógicas.
Consisten éstas, en resumidas cuentas, en que todo alrededor conspira para implantar una estructura donde la célula elemental no es la familia ni cualquier otro tipo de comunidad, sino el individuo. La vida moderna se asienta en el primado del individuo, que es la unidad que se toma como referencia para los sistemas de producción y de comercio, de la industria y de los servicios, de la cultura y del consumo.
El hecho de que el individuo sea la materia prima de la estructura social no quiere decir que estemos ante una masa desordenada de individuos desalmados y egoístas que calculan sus afectos en función del quid pro quo, seres aislados que compiten los unos con los otros. Un mundo de sujetos individuales no quiere decir que éstos no puedan ser maduros, responsables, tolerantes, afectuosos, abiertos al compromiso y que no rijan su vida por los dictados del amor.
La propia Iglesia defiende que por encima de la familia “tradicional”, reservada a las ovejas de la grey, o sea a las mujeres y los hombres que quieren dar cuenta de su sexualidad, que desean procrear y se involucran en los aspectos materiales y sensitivos de la existencia, está el estilo de vida de los clérigos y paraclérigos que gozan de privilegios espirituales más distinguidos, y ello precisamente porque renuncian a formar una familia “tradicional” y se consagran al servicio de la Iglesia. Y si en esas estamos, nada hay que me pueda convencer de que fuera de la familia “tradicional” no se puedan alcanzar las cotas de espiritualidad y de amor más excelsas, sin necesidad de que uno se meta a clérigo.
La cosa es que resulta imposible regresar al régimen familiar de épocas pretéritas por mucho que los dignatarios de la Iglesia amenacen a los transgresores con las penas del infierno y al Gobierno con echarse a la calle ahora que estamos en precampaña electoral; tan imposible sería de conseguir eso como implantar la familia coránica o restaurar los gremios de maestros y aprendices.
Lejos de volver atrás y restaurar contra la voluntad de muchas personas la familia tradicional, la cual merece todo respeto, lo consecuente sería facilitar un régimen más previsor para las familias mutantes al que también pudieran acogerse las familias “tradicionales”. El régimen civil que regula la familia “tradicional” así como los nuevos tipos de matrimonios y parejas de hecho, está todavía excesivamente recargado de reglas anticuadas y pasa al juez la patata caliente de resolver manu militari los conflictos que se plantean en su interior, lo cual lleva a situaciones desconcertantes, a menudo injustas, que meten el miedo en el cuerpo a los que se deciden a la aventura de formar una familia.
Porque el miedo es el principal enemigo de la familia, no el relativismo, que en sus justas proporciones es síntoma de madurez y equilibrio. El miedo de la mujer hacia el hombre, del hombre por la pérdida de su autoridad, de los hijos hacia los padres y de éstos hacia los hijos, el miedo a la responsabilidad, el miedo a fracasar, a envejecer y compartir, el miedo al amor y a la verdad: es esto lo que corroe la trama familiar. Y luego está el miedo metafísico que se predica desde el púlpito.
Esforzarse para disipar tales temores es la mejor manera de fortalecer los vínculos que unen y que son tan necesarios para integrar la libertad de cada cual en una comunidad de afectos y de cuidados recíprocos.
José Asensi Sabater es catedrático de Derecho Constitucional de la UA.

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